Blog
Quiero que mi hijo sea Messi
Cuando hablamos de psicología y deporte, no solo debemos pensar en el rendimiento, la mejora o la competición. El deporte, especialmente en la infancia, también tiene una dimensión lúdica, educativa y emocional que no deberíamos perder nunca de vista.
Por eso conviene detenerse a reflexionar sobre cómo introducimos a los niños en el mundo del deporte y, en particular, en el fútbol.
Con demasiada frecuencia, algunos padres depositan sobre sus hijos expectativas que en realidad les pertenecen a ellos mismos. A veces esperan que el niño llegue a ser aquello que ellos no pudieron ser. Basta con que un pequeño dé unas patadas al balón con cierta gracia para que aparezcan fantasías de futuro: “puede ser un Messi”. Pero que un niño disfrute chutando una pelota a los dos o tres años no significa que esté llamado a convertirse en una estrella del fútbol; simplemente indica que juega, se mueve bien y se divierte.
El problema aparece cuando esas expectativas se convierten en presión. Cuando el niño siente que ya no juega para pasarlo bien, sino para responder a lo que esperan de él. En ese punto, el deporte puede dejar de ser una fuente de disfrute para convertirse en una experiencia de frustración, ansiedad o pérdida de autoestima. Y entonces ocurre algo muy frecuente: el menor acaba rechazando la actividad o abandonándola.
Antes de querer formar a un campeón, conviene mirar al niño y preguntarnos qué necesita realmente, qué le gusta y qué lugar ocupa el deporte en su vida.
La entrada en el deporte organizado suele producirse alrededor de los 6 o 7 años, una edad razonable para empezar una práctica más estructurada a través de una escuela o entidad deportiva. Pero ese inicio debería hacerse con sentido común y teniendo en cuenta varios aspectos importantes.
En primer lugar, conviene observar qué deporte atrae más al niño. No todos disfrutan del fútbol, y no todos tienen por qué hacerlo. Permitir que pruebe distintas actividades antes de decidir es, en muchos casos, la mejor opción. Explorar, comparar y descubrir también forma parte del crecimiento.
En segundo lugar, igual que nos preocupamos por la educación académica de nuestros hijos, deberíamos preocuparnos por quién los forma en el ámbito deportivo. No todo depende del deporte en sí, sino también del estilo educativo de la entidad, de los valores que transmite y de la actitud de entrenadores y adultos de referencia.
Además, en estas edades el niño todavía no está preparado para vivir el deporte como una exigencia competitiva. Los partidos deberían ser, ante todo, una oportunidad para jugar, aprender y disfrutar. Ganar o perder no debería ser lo más importante. Lo esencial, en esta etapa, es aprender, participar, esforzarse y sentirse acompañado.
La autoestima del niño crece cuando se siente aceptado y apoyado independientemente del resultado. Cuando percibe que puede equivocarse sin decepcionar a nadie. Cuando se le permite encontrar su sitio, avanzar a su ritmo y desarrollar sus capacidades sin comparaciones constantes. Respetar el nivel al que puede llegar no es conformismo: es salud emocional.
No debemos olvidar tampoco que los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que se les dice. Son espejos. Copian actitudes, formas de hablar, maneras de reaccionar ante la victoria, la derrota, el esfuerzo o el error. Si los adultos gritan, presionan o desprecian, el niño lo incorpora. Si los adultos acompañan, respetan y valoran el proceso, también lo aprende.
Si todo esto se cuida, el menor podrá introducirse en el deporte de una manera progresiva y sana. Más adelante, alrededor de los 10 u 11 años, ya podrá mostrar un rendimiento más consistente, porque empezará a comprender mejor las reglas, la dinámica del juego y el sentido del entrenamiento. Y será entonces, junto con padres, entrenadores y, sobre todo, con el propio niño, cuando podrá valorarse si existe deseo, capacidad y sentido en ir más allá.
La realidad es que muy pocos llegarán al deporte profesional. Muy pocos serán Messi, Nadal o Fernando Alonso. Y no pasa absolutamente nada. El verdadero valor del deporte infantil no está en fabricar estrellas, sino en ayudar a los niños a crecer con salud, disciplina, compañerismo, seguridad y disfrute.
El deporte debe ser una fuente de ejercicio físico, bienestar y diversión, no una obligación ni un sufrimiento. A veces, el mejor regalo que podemos hacer a un hijo no es empujarlo hacia el éxito, sino permitirle disfrutar del camino sin cargarlo con sueños que no le pertenecen.







